PHOTOMATON PRESS, NAVIDAD ADELANTADA POR FERNANDO SORIANO

Bueno, va, que si no lo digo reviento. Aunque ya lo hayáis dicho todo vosotros. El domingo por la mañana estuve en el Photomaton Express de Antonio Madrid Souto en La Casa De La Mar y pasé uno de los mejores ratitos de este año que se acaba. Sólo por hacer el viaje hasta Alboraia en motillo, bajo aquel magnífico sol de invierno, y rodar en paralelo al Mediterráneo, sin tráfico ni coches en los aparcamientos, ni gente en la playa, ya hubiera valido la pena. Pero es que lo que sucedió allí me la puso gordísima. O me enardeció el corazón, si os viene mejor.

Había un ambiente de cariño, respeto, agradecimiento, sinceridad y fraternidad que te calentaba las viscerillas de una manera extática. Como cuando alguien te espolsa los restos de Avecrem a traición en la cerveza del ángelus para que se te quite la cara de perro que llevas en la comunión de no sé quién, mientras esperas a que salga la peña en el bar de enfrente de la iglesia.

Aquello fue más una comida de empresa que una ceremonia religiosa, la verdad. De empresa molona, de cooperativa utópica, sin explotadores ni explotados, generadora de riqueza solidaria y equitativamente repartida. Era la celebración de un proyecto fascinante que ayuda a vertebrar una escena valenciana de músicos, técnicos, periodistas, fans, artistas plásticos, camareros, fotógrafos, noctámbulos, dueños de salas y bares, disqueros y demás fauna que pulula en los márgenes de las canciones. Fotos hechas con un móvil que no deja de ser el propio corazón de Antonio, en su mano, captando nuestras formas y personalidades, construyendo relatos, haciendo ciudad, fomentando conexiones, iniciando relaciones, regalando conversaciones.

Allí había un sentimiento de hermandad que pocas veces he experimentado y que me calentó la entrepierna sobremanera. O el corazón, si queréis. Y así, embozado tras la sonrisa del puestazo autogenerado a base de endorfinas, y catapultado por un par de pintas y un sobre de torreznos, estuve charlando con Antonio Minerba y Balbina Benito en los puestos donde muestran y venden su arte. Le hice un guiño cómplice a Juan Pardo porque un par de noches antes nos habíamos visto en la presentación del almanaque que publica junto a María Carbonell y Susana Godoy. Me reí a carcajadas con Lydia Borja, Jose A. Nova Herrera y Perrín Muchacho Bass, comentando mis perversiones gastronómicas asiáticas.

Luis González, ex Caballero Reynaldo, me puso al día sobre sus nuevos proyectos en su tenderete de Hall of Fame Records, dándome pistas frescas para perseguirle, menudo volcán de creatividad, el gachó. Comenté con mi apreciado Carlos Pérez de Ziriza el soberbio talento de Òscar Briz, quien luego me explicó el origen de su tremenda canción “Enric, Empar i la mar”, que me encogió las gónadas. O el corazón, si preferís.

Disfruté de la familiar compañía de Manolo Bertrán Pérez y de la calidez de Jose Ambros Chapel y eché un piti al sol al ladito de Raúl Tamarit y Vanessa Juan Aguilar. Carolina TR, que tiró unas fotos chulísimas, me recordó conversaciones del pasado, y encajar la mano de Amadeu Sanchis me subrayó la necesidad y el acierto de apoyar ciertas iniciativas. Cuando se me acercó Manu Alarcón, enseñándome la foto que me hizo en mayo bajando de mi Vespa, cuando la exposición de Assad Kassab Eppe, se me empañó la vista. Aquella fue la última vez que saludé a Marián. Estaba en la puerta de la galería de arte Pilares, sonriendo, pegadita a Josep Escuin, al que abracé y besé el domingo en cuanto se me puso a tiro.

Hubo mucha música, claro. El country fantasmal de Galavera, la tensión hechizada de Lanuca, la brillantez maciza de Óscar Briz, el pop sinuoso de Irene Villar Tiemersma, el folk sólido y cabal de Suso Giménez, el potente rock acústico de Mr Sanchez y el músculo narrativo de Néstor Rausell. Todos estuvieron estupendos. Nos hicieron disfrutar de verdad, que se lo pregunten a Juancho Plaza, a Alfredo Beltran o a Yolanda Dionisio Vivó. Siempre es un placer verlos en un sarao.

Soy un tío raro. No creo que durante todas estas fiestas que se aproximan, y que son un emblema de la humanidad por la paz y el amor que dicen que las caracteriza, me emocione tanto como lo hice el domingo. Y no creo que sea por demérito, esnobismo, descreimiento o incapacidad para sentir. Mi madre dice que cualquier día que nos sentamos a su mesa sus tres hijos con sus respectivas familias, para ella es Navidad. Ponga lo que ponga en el calendario. Pues eso pasó el domingo en el Phonomaton Express. Gracias, Antonio. Fernando Soriano.