MEMPHIS, EL OCASO DE LA MÚSICA

Tengo un amigo en New Orleans, nunca he sabido su nombre real, pero todos le conocemos por Lippy, debido a que tiene un enorme parecido al Mick Jagger de sus primeros tiempos, labios incluidos, por supuesto. Nunca ha sido íntimo mío, sólo compartimos la pasión por las buenas canciones, por el rock y porque ambos somos coleccionistas de discos. Debería decir que también coincidimos en que tenemos una tienda de discos, pero eso ya no es cierto, la suya se la llevó un huracán y la falta de escrúpulos de un presidente americano demencial e hijo de puta, que abandonó a su suerte la ciudad más musical del planeta porque, sencillamente, esos sonidos de libertad no iban con él. Dicen que el Katrina destruyó New Orleans, pero lo cierto es que el aparato logístico de Bush es quién remató la faena.

El otro día Lippy me mandó un mail y me contó lo de su tienda, tampoco le salió del todo mal la historia, recuperó parte del material y lo colocó en algunas otras tiendas de colegas; el local era alquilado, por lo cual no tuvo problemas, lo que sí perdió fue su ilusión, algo que solemos depositar en nuestros sueños, nuestros trabajos y nuestros esfuerzos, algo que, cuando se nos esfuma, nos cuesta recuperar, más viendo cómo se va desarrollando lo que nos rodea.

Su tienda se llamaba Magic Bus, como aquella canción de los Who, como aquél Lp de ellos que sólo se publicó en los Estados Unidos, era una gran tienda, en todos los aspectos; entre taza y taza de té, Lippy solía conversar con sus clientes, recomendar discos y hasta acalorarse cuando algo le ponía especialmente excitado. Cada vez que recuerdo a Lippy es como si me mirara al espejo, entiendo cada una de sus frases, cada uno de sus pequeños reductos de personalidad. Pero tengo que reconocer que se lo ha tomado todo muy bien, no me extrañaría que tardara poco en establecerse de nuevo con otro templo para compradores de cultura sónica.

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Pero en su mail encontraba otras palabras de amargura que, aunque no estaban directamente ligadas a él, nos atañen a todos los que amamos el pop, en todas sus variantes. Me decía que le habían contado que Memphis se moría, ¡Dios santo, Memphis! la cuna de todo cuanto conocemos, musicalmente hablando. En tan sólo unos pocos años había cerrado Poplar Tunes, la tienda donde se compraba sus discos Carl Perkins o Elvis, un lugar que llevaba abierto desde los 50, donde conseguí yo mismo algunos incunables de imborrable recuerdo, ¿Cómo podía haber sucedido?, ¡si Memphis es un lugar de paso obligatorio para cualquier turista interior o exterior que sea fan del Rock y del Soul (así, en mayúsculas)!. Cuando me dijo que la ciudad entera de Memphis estaba de capa caída a consecuencia de Internet me pareció una paparruchada difícil de creer, pero luego, atando cabos, acabé por confirmarlo.

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Los míticos estudios de la Sun, hogar de los primigenios Elvis, Riley, Perkins, Jerry Lee, Burguess o Johnny Cash, estaban en declive. A pesar de que su visita sólo cuesta unos pocos dólares, poca gente decide hacerla, prefieren el paseo virtual que unos cuantos han ido colgando en You Tube; es muy complicado describirles la sensación de estar allí mientras te hacen la demostración con un piano de la acústica que todavía conservan sus paredes. Tampoco va casi nadie al café de al lado, donde todas éstas insignes figuras se dejaban caer tras unas sesiones agotadoras.

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Pocos, o casi ninguno, recuerdan que Memphis cobijaba también la Stax, una compañía seminal para la nutrición posterior de la Atlantic, con soul adrenalínico, o los estudios Ardent, donde Alex Chilton hacía diabluras con sus Box Tops. No, Memphis no es parte de la historia del Rock ‘n’ Roll, ES la propia historia.

Y, lo que es peor, las salas de conciertos sólo programan karaokes de Elvis, el único reclamo que allí queda. Porque parece que Graceland es de lo poco que funciona en esa ciudad, a pesar de los paseos virtuales que, supongo, también habrá a mansalva en la web. No hay grupos jóvenes que puedan tocar porque no se venden sus discos. No nos engañemos, un grupo sin disco no puede vivir sólo colgando sus canciones en la web, eso pasa sólo en casos que representan la excepción.

Me cuentan que, de todas formas, siempre queda un reducto de gente que compra discos, que vive la música y hace vivirla a quién se la proporciona, pero son minoría, la justa para mantener lugares como Goner Records (fantástica) o la otrora histórica Shangri-La, una tienda situada en medio de la nada a la que hay que acceder en coche si o si. Vale, son refugios que hacen partícipe de la ilusión a algunas jóvenes generaciones que lucen orgullosos en sus camisetas “Fuck Download” o “Vinyl kills MP3 industry”, pero algo es algo.

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Me dolería profundamente que Memphis muriera culturalmente por unos desaprensivos piratas de la red, me niego a pensar que en el mundo del “todo gratis” no hay conciencias para salvar la cultura, que algunos gilipollas ladrando aquello de ”cultura gratis” no entienden que lo gratis debe ser la educación, pero no porque lo sea intrínsecamente, sino porque deben pagarla los gobiernos, ya que los que la imparten también tienen el derecho a cobrar, como los que crean arte, no para dejarnos claro que son más listos, mas guapos o lucen modelos de marca, sino porque tienen la necesidad de crear para hacer de esta mierda de mundo algo más bello. Dejemos que los artistas vivan de su arte y no que un listejo cuelgue sus obras en la red bajo el epígrafe de altruísmo cuando esto le genera una barbaridad de dinero vendiendo a empresas las direcciones de correo electrónico o números de móvil que exige para entrar en su página.

Pero confío, porque soy entusiasta, en que eso no siga ocurriendo; tenemos ejemplo en ciudades como San Francisco, Londres o Amsterdam, donde las tiendas y salas de concierto proliferan; espero que no corran la misma suerte que Memphis, devastada por algo más poderoso y dañino que el Katrina: Internet.

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Author: Juan Vitoria

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