Roy Wood Material inclasificable

La excentricidad ha sido una agradable puesta en escena para muchos de los iluminados cuya esencia está ligada al arte. En la música y, especialmente, en la música regada con electricidad, algunos de esos seres oblicuos y perceptivamente singulares, son de lejos una atracción más a su aporte vitamínico de energía creativa. Además, cabe la posibilidad de que, entre ellos, descubramos a alguien que, aparte de su ruptura con lo común, oferta dosis de talento no disparatado. Ese es el caso de Roy Wood, un druida sonoro de Inglaterra que cobijó en su imaginación grupos emblemáticos y donó el honor y la consideración a otros.

 

Dicen que Wood se esfumaba de la primera plana, él estaba siempre en la sombra, componiendo, agazapando su espigada figura en atuendos estrambóticos, sacados de una película de la Hammer. Mike Sheridan sabe algo de esto, le conoció en la escuela y formó junto a él aquellos discípulos del R&B con ínfulas beat que se denominaron Mike Sheridan’s Nightriders, por algo Mike era el front man. Tras una serie de singles muy ortodoxos, en la línea del presupuesto ideológico de aquellos protuberantes adolescentes que adoraban el sonido negro americano, la cosa se transfiguró en Mike Sheridan’s Lot, donde Wood comenzaría a atreverse escribiendo canciones. Birmingham, capital industrial de ninguna parte, sin el encanto del Mersey ni la publicidad suscitada por el Swingin’ London.

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Nada fuera de lo normal, si exceptuamos que fueron salpicados con esa especie de afiliación mod, mutando su música hacia terrenos algo más complicados. Ahora se le llama freakbeat, pero en realidad se trataba de una sopesada evolución del estigma modernista con el caleidoscopio secesionista del ácido. Roy Wood toma nota y recluta varios componentes de otras bandas, sin el protagonismo adquirido de Sheridan, se largan a la capital de mundo pentagrámico, Londres, y engendran The Move, una suerte de pop fulgurante que palpita con herencias modernistas, pero se sumerge con avituallamientos psicodélicos sin escafandra ni protección ocular. Resultado bárbaro, más de lo esperado, uno de los discos de debut más excitantes de la segunda mitad de los sesenta y, seguramente, menos reconocido. Carl Wayne se encarga de las voces, con su pinta de lord inglés desarrapado, feo con ganas, que contrasta con el aluvión de caras bonitas en el pop anglosajón de aquellos años. Ace Kefford, Trevor Burton y Bev Bevan completaron aquella primera formación de los Move, que consiguieron incendiar, casi literalmente, el escenario del Marquee en cada una de sus salvajes actuaciones. Problemas políticos, puestas en escena demasiado provocadoras y rencillas entre los componentes de aquellos primeros momentos, dieron al traste con la reputación de la banda, que se recompuso con nuevos miembros y siguió publicando discos colosales, “Shazam”, “Looking On” y “Message From The Country” fueron los Lp’s que legaron, con la entrada de Rick Price y de otro talento sin (todavía) consumo masivo, Jeff Lynne; sí, él (entonces procedente de otra gran formación, Idle Race).

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Los cuatro discos de The Move nunca alcanzaron la notoriedad que de ellos se esperaba, a pesar de contener algunos singles de éxito, como “Fire Brigade”, “Night of Fear”, “I Can Hear the Grass Grow” o “Flowers in the Rain”, ejemplos de orfebrería pop dibujados con maestría por la mente de Roy Wood, que fue cediendo terreno a Lynne, hasta que, en una noche onírica, paseando por sueños de violines amplificados, cantos de sirenas bucólicas y rock and roll pasado por el tamiz de lo sinfónico, se abrió la luz de una Electric Light Orchestra. Chuck Berry copulando con Brahms, en un altar indefinido de un olimpo cargado de arpegios. Arreglos inverosímiles, barrocos, densos y abundantes, una imaginería de toneladas de cuerdas sofocando el fuego febril de las guitarras; Jeff Y Roy repartiéndose a suertes el elenco de temas, con momentos cumbre, Lynne en “10538 Overture” y Roy con “Battle Of Marston Moor (July 2nd 1644)”, en pleno éxtasis a lo “Eleanor Rigby”. Descomunal.

 

Pero ELO tenía dos formas humanas que conducían la nave; por un lado, el guiño Beatle de Lynne, por otro la irreverencia lisérgica de Wood. Sus conciertos fueron tan caóticos como deslumbrantes y la nave se partió en dos, tras un LP de presentación rico en confluencias líricas y alborotadas por lo eléctrico. Todavía participaría Wood en un segundo disco de la ELO, pero casi de forma testimonial, con su violoncello palpando algunas diabluras.

 

Casi todos reconocen el liderazgo de Jeff Lynne en la Electric Light Orchestra, algunos incluso se atreven a ver en él al padre de The Move (a pesar de que no aparece hasta el tercer disco del grupo), pero pocos reconocen que el peso compositivo, arreglos disparatados y puesta en escena agresiva y variopinta se debía a Roy Wood. A principios de la década sale a la calle su primer disco en solitario, “Boulders”, una amalgama de recuerdos que atrapan la personalidad de Wood y concentran su ímpetu en canciones con autoría máxima. Nadie participa en el disco, nadie interfiere en su decisión, lo interpreta todo, lo produce, lo arregla y se encarga incluso de dibujar la portada. El disco es magistral, pero incumple el deseo de los que esperaban de él una continuación a The Move. Gospel, pop cristalino, conexiones con los idearios del “álbum blanco” de Beatles y la ternura de la que solo él es capaz de producir comprenden el significado definitivo del disco, por lo que el resultado es de una belleza incalculable, a pesar de su fría respuesta comercial. Es una verdadera obra de arte sin fisuras; seguramente si la hubiese formado Jeff Lynne hubiera pasado a los anales de la historia, pero la mala fortuna se volvió a cebar con Roy.

 

En 1972 el Reino Unido se sacudía con una nueva tendencia, el Glam, un compendio de felineidad, agresividad sexual, androginia, colorismo, purpurina, zapatos de plataforma y tentaciones multiformes. Y Roy Wood cristalizó otra nueva forma, Wizzard, combinando todo el aparato glam con herencia de la psicodelia e instintos progresivos. Pero, en una sorprendente pirueta, coquetea con el rock-a-billy y lo perfuma con todo lo anteriormente dicho. Wizzard publican dos discos y un número considerable de singles que no aparecen en ningún LP; todos ellos obtienen un apoyo fuerte por parte de la prensa y venden bastante bien; la imagen de Wood parece extraída de un cómic de brujos con calderas de pócimas milagrosas y parafernalia celta, un contraste para ser ubicado en aquella generación de glam rockers capitaneada por Marc Bolan y Bowie, con quienes comparte escenarios y puestos en las listas. Wood aparece con indumentaria medieval y maquillaje en forma de estrellas con purpurina como contorno de ojos, algo chocante para la supuesta elegancia andrógina del momento. El primer LP, “Wizard’s Brew”, con un dibujo de un druida agitando una gran cuchara dentro de un caldero, parece más un cartel de una película de elfos, enanos y duendes que una portada de un disco de aquellos años. Con una diferencia de pocos meses, aparece su segundo álbum, “Introducing Eddy And The Falcons” en cuya portada se refleja a los componentes del grupo ataviados con casacas de teddy boys y moteros en un bar típicamente americano. Otra patada al trasero a lo evidente, otra muerte en escena preparada con alevosía, otra especie de suicidio comercial. Rock-a-billy cósmico, bañado en una alegoría de jazz progresivo, o sea, la repera en salsa, imposible digerirlo sin presupuestar a los sentidos hacia el amparo de un novedoso compendio de fusiones imposibles. Y es que Wizzard fueron la antítesis al momento que atravesaba el estado musical inglés; parecía que tenían canciones que propagaban la atmósfera del estilo que entraba en listas, pero casi para romper la estructura de la melodía, la sección de viento resquebrajaba todo en un compendio difícil de explicar, progresivo con glam con jazz; en fin, un batiburrillo demasiado inclasificable, aunque excitante al mismo tiempo.

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Otro paso en falso, Roy Wood Wizzo Band, en plena explosión punk, con un disco de excesos prog y jazzys, una atrocidad en un mundo reacio a esto. Posiblemente sea el peor disco de su carrera y, seguramente nunca lo hubiera vuelto a hacer, a pesar de su estado constante de provocación.

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A partir de ahí Wood se estampa contra una pared invisible que rechaza riesgos, no hay opciones, ya nadie recuerda que él sopesó el patriarcado de The Move e, incluso, Electric Light Orchestra. Tampoco es que se preocupe, su hábitat es la producción, las bandas sonoras para comerciales, para fimes de bajo presupuesto y alguna salpicadura indolente en forma de disco, como el magnífico “Mustards”, el sobreproducido “On The Road Again” o el almibarado “Starting Up”, todos ellos con momentos en los que se vislumbra el inmenso potencial como autor que todavía conserva. “Main Street” es, por ahora, su última entrega, uno de esos discos que se realizan por compromiso, como advirtiendo que la vida del artista no está extinguida.

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Me atrevería a decir que Roy Wood formará parte en el futuro de ese elenco de elegidos que son reconocidos por algunos lumbreras en próximas generaciones, ya sabéis, como Scott Walker, Rodríguez, Tim Buckley o Nick Drake, por solo poner unos ejemplos de malditismo rescatado décadas después. Lo que ocurre es que Roy Wood poseía un don especial para iluminar canciones con mucho más optimismo que los genios anteriormente citados. Roy fue un coloso cuyas creaciones engrosaron las memorias de unos pocos, a falta del paso final para descubrirlo en su medida. Talento en estado de espera.

 

 

Author: Juan Vitoria

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